César Antonio Molina

     El miedo y la musa velan

     El principal mal es el haber nacido,
     no el haber desobedecido, no el haber
     creado la palabra no. No la rebeldía
     ante una prohibición injusta. El principal
     mal es el haber nacido. Y así no somos
     descendientes de Adán, sino discípulos de Job.
     A la vista del mal en el mundo,
     ¿Cómo puede pensarse la existencia de Dios?
     ¿El Dios de Adán, el de Caín, el de Job?.
     La esterilidad de las preguntas coincide
     con la clarividencia del desconocimiento.
     Nihilismo: falta de respuestas al porqué.
     La gran verdad, esa verdad que destruye
     para serla, es que el mal es más importante
     que el bien. El bien es la ladera suave,
     pero la cumbre es su reverso irreversible.
     El mayor drama no es olvidarse del Paraíso,
     porque cuando nos olvidamos ya hemos nacido.
     La felicidad del conocimiento es tan
     exaltada, que cura incluso el miedo a la
     muerte. Y por qué temerla si lo que
     espera será igual a lo que precedió.
     Rostros en la arena salpicada a la orilla de las playas.
     Los garabateamos, una y otra vez, para que no se borren.
     Job se quejó de su destino. Pensó, y no fue
     el primero, ni el último, ni el único,
     que el principal mal era el haber nacido.
     Y de ese mal ¿quién tenía la culpa?
     Una acusación contra Dios. ¿Injusta?
     ¿Y sus propios pecados y sus propias culpas?
     ―«Si digo que soy justo, Él me condena. Y
     si soy inocente, Él me pone en la injusticia.
     ¡Soy inocente!». Soportar el dolor, pero no
     la conciencia de haberlo merecido.
     Y cuando dejamos de creer en Dios,
     no queda más remedio que creer en los seres humanos,
     y entonces descubrimos que era más fácil
     estar con el padre que con los hermanos.
     El principal mal es el haber nacido.
     De él se desprenden todos los equívocos,
     todas las injurias, todas las escaramuzas.
     ¿Job el primer ateo? ¿Job el primer polígamo de Dios?
     Está contra Yahvé, un abusador de sus poderes,
     pero no contra el futuro Redentor.
     Yahvé atormentó a Moisés en el desierto,
     ambos quedaron en el éxodo de ellos mismos.
     Job se quedó sin a quién quejarse, se quedó
     en el espanto del silencio. Capituló: mejor
     estar mal acompañado que en compañía de uno
     mismo sin remedio. Y vino la calma,
     y el doble de venturas que nunca pueden compensar
     el error de haber nacido para volver a ser un nonnato.
     Únicamente la fe puede ser sometida a contradicciones que
     tienen que parecer absurdas a la razón.
     ¡Dios de la razón!¡Dios de los filósofos!¡Dios de los poetas!
     Dios quiere eliminar el mal y no puede (no lo es).
     Dios puede y no quiere (no lo es).
     Dios ni quiere ni puede (no lo es).
     Dios quiere y puede hacerlo (¿por qué no lo hace?).
     ¿Quién garantiza a los poetas el viento inefable,
     como antes a la religión? Ellos mismos se confunden en la
     imaginación. ¿Para qué escribir sobre algo que antes
     se ha comprendido? La poesía solo puede rebasar la
     realidad de este mundo. La poesía no busca la libertad
     sino su ilusión. La libertad es la mentira en la que
     se basa un orden del mundo. No somos descendientes
     de Adán, sino discípulos de Job. Y no le llevamos ninguna
     ventaja. Mejor sería no haber nacido: ateísmos, agnosticismo,
     apostasía, herejía, nihilismo. Nietzsche rogó, encarecidamente,
     en carta a un amigo, que todo lo que había previsto
     fuera una equivocación, un error, un desvarío imperdonable.
     Pero la realidad no lo refutó. Mejor no haber nacido,
     pero aquí estamos como estuvo Job, y ya nos conformamos
     con lo que tuvimos. El miedo y la musa velan.
     El miedo y la musa hacen guardia y se relevan.
     ¿Dónde, entre las arenas del desierto, hay ciudades
     desiertas donde florecen las hogueras color frambuesa?
     Y el viento asfixiante que ni los glaciales enfrían.
     Y el frío glacial que ni las pirámides detienen.
     Ya es demasiado tarde: el tiempo y el espacio están
     siempre en fuga. Y el poema, una metafísica del adiós.
     ¿Dónde, entre las arenas del desierto, hay ciudades
     de siertas donde florecen las hogueras color frambuesa?
     El miedo y la musa velan.

                                                                                                                   Madrid, abril del año 2020

 

César Antonio Molina (La Coruña, 1952)

La primera parte de su obra poética, prologada por Ángel Crespo, fue reunida en Las ruinas del mundo (1991), a la que siguieron: Para no ir a parte alguna (1994), Olas en la noche (2001), En el mar de ánforas (2005), Eume (2008), Cielo azar (2011), Calmas de enero (2017) y Para el tiempo que reste (2020). Sus poemas han sido recogidos en antologías como El rumor del tiempo (1974-2006), prologada por Antonio Gamoneda y con un estudio de Julián Jiménez Heffernan; o Vieja cima (2017), dedicada a lugares del mundo. Editado en inglés e italiano, está también traducido al alemán, portugués, árabe y hebreo. Es doctor honoris causa por la Universidad L´ Orientale de Nápoles, y tiene las más altas condecoraciones de España, Francia, Italia, Portugal, Chile y Serbia, además de la medalla Castelao de Galicia. Son muchos sus premios literarios y periodísticos, nacionales e internacionales.

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